La pregunta que nadie te prepara para hacerte

¿Quién eras, quién eres? La identidad en la matrescencia

No has desaparecido. Te estás reorganizando.

Rostro de una mujer reflejado en un espejo redondo pequeño
Esmeralda García · Diario de la Cuarentena

En algún punto del primer año, muchas mujeres tienen el mismo pensamiento exacto, casi con las mismas palabras: "no me reconozco". No es una frase hecha. Es una descripción precisa de lo que ocurre cuando la identidad, esa sensación estable de quién eres, se reorganiza más rápido de lo que la mente puede procesar. La matrescencia no es solo un cambio de rutina o de cuerpo. Es, en su núcleo, una crisis de identidad, en el sentido más literal y menos alarmante del término: una etapa de reestructuración necesaria.

Este artículo no ofrece la fórmula para "recuperar a la de antes". Esa fórmula no existe, y perseguirla suele generar más sufrimiento que alivio. Ofrece, en cambio, un marco para entender qué te está pasando, apoyado en quienes han investigado esta transición en serio, y algunas formas concretas de sostenerte mientras dura. Si además notas que ya no te reconoces en el espejo, puede ayudarte leer lo que nadie te cuenta del posparto.

La pregunta "¿quién eras, quién eres?" no busca que elijas entre las dos respuestas. Busca que dejes de tratarlas como incompatibles. Es habitual llegar a este punto agotada de sentir que estás traicionando a una de las dos versiones cada vez que te inclinas hacia la otra: sentirte culpable por disfrutar un rato sin el bebé, o sentirte culpable por no disfrutar tanto como "deberías" un rato con él. Ese tira y afloja interno tiene nombre, tiene explicación, y sobre todo tiene salida — aunque no sea rápida.

Matrescencia como crisis de identidad

La palabra "crisis" asusta, pero en psicología del desarrollo no significa catástrofe: significa punto de inflexión, un momento en el que una estructura antigua deja de servir y todavía no existe la nueva que la sustituya. Es la misma lógica que se usa para describir la adolescencia. Durante la adolescencia, nadie espera que una persona de 14 años sepa exactamente quién es: se da por hecho que está en proceso. La matrescencia funciona de forma parecida, con una diferencia enorme: casi nadie te avisa de que va a pasar, y casi nadie trata el desconcierto resultante como algo normal.

Parte del problema es cultural: la maternidad se sigue presentando socialmente como una suma, no como una transformación. Se asume que "ganas" un hijo y sigues siendo exactamente la misma persona con una responsabilidad más añadida a la lista. Esa expectativa de continuidad sin fisuras choca de frente con la experiencia real de la mayoría de las madres, que sí notan una discontinuidad importante entre quién eran y quién son. Cuando la experiencia no encaja con la expectativa social, lo habitual es que la persona se sienta rara, defectuosa o insuficiente. En realidad es la expectativa la que estaba mal planteada desde el principio.

Durante el embarazo y los primeros meses, muchas prioridades, gustos, ritmos y hasta rasgos de carácter que parecían fijos empiezan a moverse. Lo que antes te daba placer puede dejar de dártelo. Lo que nunca te había importado puede volverse central. No es que "te hayas perdido": es que la identidad se está reorganizando alrededor de una función nueva, del mismo modo en que el cerebro se reorganiza físicamente durante este período.

Lo distintivo de esta crisis, comparada con otras transiciones vitales, es su carácter simultáneo: mientras se reorganiza la identidad, también cambia el cuerpo, cambian las relaciones, cambia la economía doméstica, cambia el sueño, cambia literalmente la estructura del cerebro. No hay un solo frente de cambio al que adaptarse, sino varios a la vez, lo que explica por qué la sensación de desbordamiento es tan común incluso en mujeres que antes de ser madres se consideraban a sí mismas personas muy estables y resolutivas.

Ramona Mercer y Aurelie Athan

La investigación sobre la transición a la maternidad tiene una historia larga. En los años setenta y ochenta, la enfermera e investigadora Ramona Mercer desarrolló una de las primeras teorías rigurosas sobre lo que llamó la "adquisición del rol materno": un proceso por etapas, no un interruptor que se enciende al dar a luz, en el que la identidad de madre se va construyendo con el tiempo, la experiencia y el vínculo con el bebé. Su trabajo sentó una base importante: que convertirse en madre es un proceso psicológico con fases identificables, no un hecho instantáneo.

Décadas después, la psicóloga Aurelie Athan, del Teachers College de la Universidad de Columbia, recuperó y formalizó académicamente el término "matrescencia" para nombrar específicamente esta transición identitaria, situándola como un campo de estudio propio dentro de la psicología del desarrollo adulto. La médica y escritora Alexandra Sacks contribuyó a popularizar el concepto fuera del ámbito académico, primero en un artículo de opinión en el New York Times y después en una charla TED que ha sido vista por millones de personas, insistiendo en una idea central: nombrar la matrescencia como proceso legítimo reduce la sensación de estar fallando.

Sacks compara con frecuencia la matrescencia con la adolescencia, y esa comparación es útil también para entender la identidad. A nadie le sorprende que una persona de catorce años tenga días en que se siente una niña y días en que se siente casi adulta, cambiando de opinión, de estilo, de amistades, sin que eso se interprete como inestabilidad patológica. Se entiende como parte del proceso. La matrescencia funciona de forma parecida, aunque la sociedad, al no nombrarla con la misma frecuencia, tiende a interpretar esos vaivenes de identidad como un problema personal en lugar de una fase esperable.

La ambivalencia como estructura

Uno de los descubrimientos más importantes, y más silenciados, sobre la identidad materna es que la ambivalencia no es la excepción, es la norma. La psicoanalista británica Rozsika Parker dedicó buena parte de su obra a estudiar esto, reunido en su libro Torn in Two: el amor intenso por el hijo y el resentimiento, el agobio o el deseo de escapar pueden convivir en la misma madre, a veces en el mismo minuto, sin que eso signifique nada patológico.

Parker sostiene algo que merece repetirse: lo que genera sufrimiento no es sentir ambivalencia, sino la creencia de que sentirla te convierte en mala madre. Esa creencia obliga a esconder la mitad de la experiencia, y esconder una parte tan grande de lo que se siente tiene un coste psicológico alto. Reconocer la ambivalencia como estructura, no como fallo, es uno de los movimientos que más alivio generan en la consulta perinatal.

La ambivalencia también tiene una dimensión social poco reconocida: las madres reciben mensajes contradictorios constantes sobre cómo deberían sentirse. Se espera gratitud absoluta ("disfrútalo, pasa muy rápido") y a la vez se legitima la queja sobre el cansancio en foros y redes, pero rara vez ambas cosas a la vez, en la misma frase, sin que una anule socialmente a la otra. Aprender a sostener las dos verdades en público, no solo en privado, es parte del trabajo de integración: decir "estoy agotada y le quiero con locura" sin que suene a contradicción que hay que resolver.

Dos verdades a la vez

"Quiero a mi hijo con una intensidad que no había sentido nunca" y "hay días en que querría desaparecer un rato" pueden ser ciertas al mismo tiempo, en la misma persona, el mismo día. No son contradictorias. Son las dos caras de sostener una responsabilidad enorme con recursos limitados. Ninguna de las dos anula a la otra.

"Lo que genera sufrimiento no es sentir ambivalencia, sino creer que sentirla te convierte en mala madre."
Nacer Madre · Identidad materna

Duelo por la mujer que fuiste

Hay algo que rara vez se dice en voz alta: convertirse en madre implica también perder cosas. No al hijo, sino versiones de ti misma. La disponibilidad total del tiempo propio. La espontaneidad de salir sin planificar. Ciertos vínculos que no sobreviven al cambio de ritmo. Una manera de estar en el cuerpo que ya no es la misma. Nombrar esto como duelo, no como ingratitud, es importante: se puede querer profundamente a un hijo y, a la vez, hacer duelo por partes de la vida anterior que no van a volver tal cual eran.

Este tipo de duelo no siempre se siente como tristeza evidente. A veces aparece como irritabilidad sin causa clara, como añoranza difusa de "algo" que no sabes nombrar, o como una sensación de estar viviendo la vida de otra persona durante los primeros meses. Reconocer que ese malestar tiene forma de duelo, y no solo de cansancio o mal humor, ayuda a tratarlo con la paciencia y el cuidado que merece, en lugar de exigirte que "se te pase" simplemente con dormir más.

Este duelo no compite con el amor por el bebé. No lo contradice. Es un proceso paralelo, y como todo duelo, necesita ser reconocido para poder avanzar. Negarlo, obligarte a sentir solo gratitud, no acelera la integración. La bloquea.

Hay formas concretas en que este duelo se manifiesta y que rara vez se nombran con esa palabra: la tristeza al ver ropa o fotos de antes de estar embarazada sin reconocerte del todo en ellas; la nostalgia repentina por una amistad que se fue distanciando porque los ritmos de vida ya no coincidían; el extrañamiento al notar que ciertas conversaciones, sobre viajes improvisados, sobre planes sin horarios, ya no te representan igual, aunque sigan interesándote. Ninguna de estas experiencias significa que preferirías no haber sido madre. Significa que hay partes de la vida anterior que se cierran, y cerrar algo, aunque haya sido sustituido por algo valioso, duele.

El duelo y el amor no compiten por el mismo espacio

Es tentador pensar que si haces duelo por tu vida anterior, es porque "no estás suficientemente agradecida" por la maternidad. No es así. El duelo y la gratitud ocupan espacios distintos de la experiencia emocional y pueden convivir sin restarse. Permitirte sentir uno no reduce la intensidad del otro.

"Se puede querer profundamente a un hijo y, a la vez, hacer duelo por partes de la vida anterior que no van a volver."
Nacer Madre · Duelo materno

Nueva identidad no significa borrar la anterior

Un error común es pensar que "salir de la crisis" significa volver a ser exactamente quien eras antes. No es así, y perseguir ese objetivo suele generar frustración, porque no es posible ni, probablemente, deseable. Mercer ya lo describía como una integración: la identidad materna no sustituye a las anteriores, se suma a ellas y las reorganiza. Sigues siendo la persona con ese sentido del humor, esa relación con el trabajo, esos intereses, pero todo eso ahora convive con una función nueva que también eres tú.

El objetivo realista no es "recuperar a la de antes" sino construir una versión integrada: alguien que reconoce y honra quién era, sin pretender que la maternidad no la haya cambiado.

Una forma práctica de pensar en esta integración es distinguir entre lo que se pierde por circunstancia y lo que se pierde por convicción. Algunas cosas de la vida anterior desaparecen simplemente porque el tiempo y la energía son limitados. No es que ya no te importen, es que no caben ahora mismo. Otras desaparecen porque, al mirar hacia atrás desde la maternidad, descubres que ya no representan quién quieres ser. Distinguir entre ambas ayuda a no dar por perdido para siempre algo que en realidad solo está en pausa, y a no aferrarte con culpa a algo que, honestamente, ya no encaja contigo.

Escribir para reencontrarse

La escritura expresiva, anotar sin filtro lo que se siente, sin buscar estructura ni corrección, tiene un cuerpo de evidencia consistente como herramienta de procesamiento emocional en transiciones vitales intensas. No hace falta escribir bien. Hace falta escribir con honestidad. Algunas preguntas que pueden ayudar a empezar, si la página en blanco intimida:

No hace falta responder a todo de una sentada. Algunas preguntas pueden quedar abiertas semanas, incluso meses, y eso también es parte del proceso: no todo se resuelve escribiendo una vez, se va resolviendo escribiendo muchas veces, a lo largo del tiempo que haga falta.

La filósofa y psicoanalista Julia Kristeva, en su ensayo sobre la maternidad, describió a la madre como un sujeto dividido, alguien que habita dos lugares a la vez sin dejar de ser una sola persona. Esa imagen, dividida pero no rota, puede ser útil para sostener la sensación de fragmentación sin vivirla como una amenaza.

Si prefieres una estructura más guiada que la página en blanco, puede ayudar fijar un ritmo pequeño y sostenible: cinco minutos al día, o una vez por semana si eso es lo que hay. No se trata de producir un diario perfecto ni de escribir con regularidad ejemplar. Se trata de tener un lugar al que volver cuando la cabeza está demasiado llena para pensar con claridad, y donde nadie más va a leer ni a juzgar lo que sale. Con el tiempo, releer esas páginas suele mostrar algo que no se ve mientras se está viviendo: un hilo de continuidad entre quién eras y quién vas siendo, aunque en su momento se sintiera como pura fragmentación.

Cuándo la crisis es más que matrescencia

No toda crisis de identidad materna es solo matrescencia atravesando su curso. Conviene distinguir el desconcierto esperable de algo que necesita ayuda profesional. Algunas señales de que hace falta acompañamiento clínico, no solo tiempo:

Una precisión importante: buscar ayuda profesional no significa que hayas fracasado en gestionar tu propia matrescencia. Significa que has reconocido, con lucidez, que hay procesos que se atraviesan mejor acompañados. La psicología perinatal existe precisamente para sostener este tipo de tránsitos, no solo los cuadros clínicos más severos.

En esos casos, lo que hace falta no es más tiempo para "integrarse sola", sino una consulta con un profesional de salud mental perinatal. Ibone Olza, referencia clínica en España, insiste en que la salud mental materna merece el mismo nivel de atención que la salud física del posparto, y no siempre lo recibe.

Pedir ayuda en este punto no es un fracaso de la matrescencia, es parte de atravesarla bien. Muchas mujeres retrasan la consulta porque creen que "lo suyo" es solo el proceso normal de adaptación, y descartan la posibilidad de que sea algo clínico hasta que la situación se ha vuelto muy difícil de sostener. Cuanto antes se ponga nombre a lo que está ocurriendo, sea matrescencia en curso o un cuadro clínico que necesita tratamiento, antes se puede empezar a trabajar en la dirección correcta.

Quien eras te trajo hasta aquí

La mujer que eras no ha desaparecido. Está dentro de la que eres ahora, sosteniendo cosas que quizás ni siquiera reconoces todavía como propias. La matrescencia no pide que elijas entre una y otra. Pide tiempo, honestidad y espacio para que ambas se acomoden en la misma vida. No hay fecha límite para que eso ocurra.

Con el tiempo, muchas mujeres describen un momento, no siempre fácil de fechar, en el que dejan de sentir que viven "entre dos personas" y empiezan a sentir que son, simplemente, una sola persona más completa que antes. Eso no significa que la maternidad haya dejado de exigir ajustes constantes. Significa que la sensación de fractura interna, la de "quién eras, quién eres" como una pregunta urgente y dolorosa, se va suavizando hasta convertirse en algo más parecido a una biografía que a una crisis: esto fui, esto soy, y ambas cosas tienen sentido dentro de la misma historia.

Preguntas frecuentes

¿Es normal no reconocerme después de ser madre?

Sí. Alexandra Sacks lo describe como parte esperable de la matrescencia: el yo se reorganiza alrededor de una identidad nueva, y eso durante un tiempo se siente como extrañeza.

¿La ambivalencia hacia la maternidad significa que no quiero a mi hijo?

No. Rozsika Parker (Torn in Two) documentó que amor y resentimiento intermitente conviven en casi todas las madres. Es estructural, no un fallo personal.

¿Cuándo empieza y termina esta crisis de identidad?

No tiene fecha fija. Se intensifica en el embarazo y el primer año, pero puede seguir activa años después según la investigación sobre matrescencia.

¿Tengo que "encontrarme a mí misma" de nuevo?

No exactamente. No se trata de recuperar a la persona de antes intacta, sino de integrar quien eras y quien eres ahora en la misma vida.

¿Escribir realmente ayuda en este proceso?

La escritura expresiva tiene evidencia como herramienta de regulación emocional en transiciones vitales intensas. No sustituye la terapia cuando hace falta.

¿Cuándo esta crisis de identidad es algo más serio?

Si hay tristeza persistente, pensamientos intrusivos que asustan o incapacidad para funcionar en el día a día, puede ser depresión o ansiedad perinatal. Conviene consultar a un profesional.

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